martes, 25 de agosto de 2009

Una gran obra

Resulta muy inspirador el mensaje enviado por el Señor a la iglesia de Esmirna: “Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico)…” (Ap.2:9ª). No parece ser una iglesia grande, ni poderosa en cuanto a lo económico, pero una gran iglesia delante del Señor. Esto es lo que también se puede apreciar en el libro de Nehemías, cuando sus enemigos pensaron hacerle mal y le invitaron a reunirse con ellos, pero Nehemías respondió: “Y les envié mensajeros diciendo: Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros” (Neh.6:1-3).

Que importante es distinguir entre una obra grande y una gran obra. Muchas veces podemos apreciar y valorar en nuestros corazones una obra grande, pensando que por su tamaño, tiene que estar la bendición de Dios allí. De acuerdo al número de miembros que tiene una congregación, esta la valoración que esta tiene. Solo que delante de Dios no existen estos valores tan superficiales y vanos; para Dios lo que da valor a la obra es la realidad de Cristo en cada corazón. No debemos impresionarnos por ver estadios llenos de gente cantando alabanzas, lo que debemos pensar es cuánto hay de realidad de Cristo en cada una de esas personas, porque la iglesia que el Señor Jesús está edificando no es una masa humana, sino personas individuales en las cuales se va formando la imagen de Dios en la obediencia a Jesucristo. Lo que da valor a la obra es el autor de esa obra, y en cuanto a la obra de Dios, es Jesús el que la comienza y quien la termina:”…el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fi.1:6). Gracias podemos dar a Dios porque él está obrando, él continúa haciendo su preciosa obra, edificando su iglesia para que llegue a ser santa y sin mancha, vestida de lino fino, blanco y resplandeciente.

Cuando se puede apreciar una correcta edificación de la iglesia, se ha de manifestar una verdadera fe en el Señor Jesús y el amor por todos los santos. Cuando estas cosas están presentes podemos regocijarnos y dar gracias a Dios por su valiosa obra, esperando que el Padre de gloria pueda dar espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos del entendimiento para conocer su voluntad y la esperanza de gloria a la cual Dios está llamando. (Ef.1:15-18) Estas son evidencias de una iglesia enriquecida en Cristo, que no tiene puestos sus ojos en las apariencias, sino en la verdadera riqueza que hay en Jesús.

En la obra de Dios no hay lugar para la iniciativa propia o los deseos personales de los creyentes. Ya desde el principio vemos como la serpiente engañó a Eva llevándola a comer del árbol de la ciencia. A ella le pareció que el árbol era bueno para comer; pero la palabra de Dios ya había dicho que no comieran de él; mas a ella le pareció bueno, y árbol codiciable para alcanzar sabiduría. Actuó la iniciativa propia y entró la muerte al mundo. (Gn.3:1-6) De esta misma forma, en los días de Moisés, Nadab y Abiú, hijos de Aarón, sacerdotes de Dios, ofrecieron delante del Señor, fuego extraño, que él nunca les mandó, y murieron delante del Señor. (Lv.10:1-2) El hombre con sus propias obras solo puede producir muerte, y desviarse del camino que Dios ha trazado para alcanzar la vida eterna que está en su Hijo Jesucristo. Así estaba la condición de Saulo de Tarso cuando pensando que servía a Dios, arrastraba a las cárceles a los discípulos del Señor y consentía en la muerte de ellos. Es decir, también producía muerte, hasta que Jesús se manifestó a Saulo y transformó su vida. ¿Quién eres Señor? Y ¿Qué quieres que yo haga? Fueron las dos preguntas que hizo Saulo, manifestando que ahora ya no seguiría haciendo su propia voluntad sino la voluntad de Dios.

“Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...” (Gn.1:26). Es el gran propósito anunciado desde la creación; y para este propósito ha venido el Hijo de Dios al mundo, para manifestar la imagen de Dios. “A Dios nadie le vio jamás. El Unigénito Hijo que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn.1:18). “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col.1:15). Esta es entonces la obra que Dios está haciendo en todos los creyentes, los creen en el nombre del Hijo de Dios y guardan sus mandamientos. “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro.8:29). Para esta obra todo hombre es incompetente, y solo puede entorpecer la edificación con sus ideas y conceptos terrenales. Es por tanto necesario, seguir a Jesús, ser discípulo y aprender de él, para que por medio de la gracia, ser capacitados para colaborar con Dios en la edificación de su iglesia. Es tan claro este propósito, que cuando entraron en la iglesia de Galacia, falsos maestros, que desviaron a los hermanos para justificarse por medio del cumplimiento de la ley, apartándolos de la fe y la obediencia al Señor Jesús, Pablo les corrige severamente y con una expresión de amor y dolor expresa: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Ga.4:19). No debemos, entonces poner nuestros ojos en el número de personas que hay en una congregación, sino en cuantos se ve a Cristo.

Esta obra de Dios es de tal riqueza que Pablo dice: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1Co.2:9-10ª). Esta revelación de las cosas celestiales es dada en la medida que se alcanza madurez, por esto es importante el crecimiento espiritual. Esto no consiste en acumular años de congregarse, sino de comer de Cristo y crecer en él, o transitar por el Camino de Santidad, por el cual no puede pasar ningún inmundo. (Is.35:8) Cuando se ha estado creciendo en el Señor, se ha de experimentar la muerte a la vida antigua, a las pasiones y deseos carnales, para resucitar juntamente con Cristo a una nueva vida, celestial y eterna. Si hemos resucitado con Cristo, entonces debemos buscar las cosas celestiales, no las terrenales, porque hemos muerto para lo terrenal y ahora nuestra vida es Cristo, y él está en los cielos: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col.3:1-2). Una vida que está en el Espíritu del Señor, va creciendo hasta que le sean abiertos los cielos y pueda ver las cosas celestiales. “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios” (Hch.7:55-56). No fue diferente con la vida del apóstol Pablo, quien, por la gracia de Dios, fue llevado hasta el tercer cielo, donde oyó palabras inefables que no les dado al hombre expresar.

Tampoco fue diferente con la vida del apóstol Juan, quien en la Isla de Patmos estaba en el Espíritu, y fue llevado al cielo en el Espíritu, para recibir revelación de las cosas celestiales. (Ap.1:10; 4:1-2) Esta es la verdadera riqueza que tenemos en Cristo, que por su gracia, nos ha permitido ver su gloria y las cosas que ha preparado para los que le aman.

¿Cómo se puede hacer todo esto? Con la pureza de la palabra de Dios. Todo está en la palabra de Dios. “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Stg.1:18). Todo comienza por la palabra de Dios, la cual nos hace nacer para la vida en el Espíritu. “desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1P.2:2). La palabra a modo de leche es el alimento espiritual para el recién nacido, que nos hace crecer en Cristo. “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Jn.15:3).

Para llegar a ser completamente limpios, es necesaria la palabra del Señor Jesús. ”Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn.8:31-32). Maravilloso, la permanencia en la palabra nos lleva al conocimiento de toda la verdad, y nos liberta. Entonces, cuando estas cosas se cumplen, vemos como se prospera en la obra del Señor, lo cual nada tiene que ver con cosas materiales, sino con riquezas espirituales que permanecen para siempre. Cuando una vida ha permanecido en la palabra de Dios y ha llenado su corazón de ésta sabiduría, entonces todo lo que salga por su boca será para edificación de los oyentes. “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1P.4:11). En esta obra que el Señor Jesús está haciendo en su iglesia, ¿Para qué sirven las tradiciones, fiestas, y obras de hombres? Solo son obras muertas que hacen tropezar a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error. La gracia y la verdad de Dios nos limpien de toda obra humana para ser guiados por el Espíritu en el camino nuevo y vivo que es Cristo Jesús. Amén.

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