Plagas, guerras, pestes, hambrunas... esos elementos que siempre han estado presentes en la historia de la humanidad en mayor o menos medida, hoy nos amenazan otra vez desde las páginas de los diarios y las pantallas de TV o del computador, que no dejan de hablar de un colapso económico mundial inminente de imprevisibles consecuencias, del calentamiento global que acabará con una porción importante fe la humanidad, de la posibilidad que las tensiones entre oriente y occidente se salgan de las manos en proporciones catastróficas, el SIDA, la gripe aviar... los tiempos no parecen buenos, amenazados por esos monstruos que parecen estar ya listos para saltar sobre nosotros. De manera natural, en tiempos de temor e incertidumbre (me voy a resistir a usar la palabra “crisis”), el hombre busca dos cosas (sobre el lenguaje inclusivo escribiré otro día, pero baste decir que me refiero al género humano, todos y todas, ellos y ellas, niños y niñas)… bueno, decía que en tiempos de desasosiego el hombre busca dos cosas principalmente: un chivo expiatorio a quien culpar de todo, con lo que se inician las cazas de brujas (y brujos) y en segundo lugar, busca tierra firme donde asentar el pie: aquello que no cambia, lo que se puede dar por descontado, aquello que no depende del dólar, ni del euro, ni de las decisiones de tal o cual congreso o parlamento o de lo que vaya a decir esta noche el presidente de un país o el primer ministro de otro.
Sobre culpables de nuestra actual situación de calentamiento global del planeta y de enfriamiento global de la economía, eso es fácil: los culpables somos nosotros, todos nosotros, vivos y muertos. Claro que unos son más culpables que otros y si bien todos nosotros tenemos que aceptar que hemos condonado un sistema económico pecaminosamente absurdo y perversamente injusto (o por lo menos no lo hemos condenado con suficiente fuerza y persistencia), también es cierto que mientras unos hemos callado y nos hemos acomodado, otros lo han promovido y se han beneficiado groseramente de él… pero no es el elemento culpa el que me interesa en esta oportunidad.
Mi pregunta es: “¿Dónde está la tierra firme?” o planteándola de otra manera: “¿Hay algo en lo que pueda creer, en quien pueda confiar, que no vaya a cambiar para luego darme explicaciones --que no voy a entender-- de por qué al fin sí cambió?” (como muchas veces pasa con los bancos o las aseguradoras, cuando se dignan explicarnos por qué lo que pagamos por años no cuenta o por qué el seguro no va a pagar lo que juró siempre que pagaría mientras nos cobraba las primas…).
Para quienes nos confesamos cristianos, la respuesta parece fácil, rápida y automática: Cristo es la roca firme, Dios es inmutable y no es hombre para que cambie, puedo confiar en el Señor --y así sucesivamente—y digo “parece” no porque no crea en esos enunciados, sino porque el estado actual del cristianismo evangélico popular no permite que los inamovibles de siempre sigan siéndolo y permítanme explicar lo que digo.
Tradicionalmente –y eso para efectos prácticos significa desde la Reforma—el inamovible fundamental estaba en las Escrituras y en el Dios de las Escrituras. Él se reveló por medio de ellas y porque ellas son la Palabra de Dios, la cual no pasará aunque los cielos y la tierra sí, podíamos aferrarnos a la convicción de que se podían tirar los montes al mar de cabeza si querían, pero las promesas de Dios para su pueblo no se moverían un milímetro. Así, los mártires del cristianismo de todos los tiempos han enfrentado llamas, fieras y los tratamientos más atroces, firmemente aferrados a la convicción de que Dios no los había abandonado a pesar de todo y de que su voluntad es buena, agradable y perfecta, porque así escrito está. La belleza de todo eso estaba en que esa promesa, esa voz de Dios era la misma para el creyente chino, ruso o guatemalteco, blanco, amarillo, negro o verde, gordo o flaco, nuevo o veterano, presbiteriano, bautista, pentecostal o lo que fuera… bastaba con ser discípulo del Cristo del evangelio.
¿Por qué hablo en pasado? Porque el cristianismo de hoy se ha puesto a jugar con una serie de cosas que le han quitado el piso a los inamovibles que nos trajo el retorno a las Escrituras del siglo XVI. Para empezar, vemos a cristianos evangélicos bien intencionados (y por lo general todas estas cosas son hechas con las mejores intenciones) que dándoselas de grandes intelectuales se dedican a diseminar las enseñanzas de la famosa crítica bíblica como si fueran lo mejor que le pudieran dar a la iglesia y que lo único que logran al final es minar la confianza de la gente en la Palabra. No todo el mundo puede convertirse en un erudito para entender todo eso que le dicen de pergaminos, familias de manuscritos, teorías Q, J y qué sé yo qué más y al no poder convertirse en sesudos analistas, y “ayudados” por supuestamente sensacionales hallazgos relatados en Discovery o en NatGeo, se quedan con la idea de que toda la Biblia es cuestionable, y que en realidad no se sabe quién escribió qué ni cuándo y vaya a saber uno si eso es Palabra de Dios o no… ¿y quién puede decirlo? Lo peor de todo es que en la gran mayoría de los casos, las teorías supuestamente “científicas” usadas para desvirtuar la Biblia que el creyente tiene en las manos están trasnochadas y son malas traducciones de libros de hace 50 años y la gran mayoría de sus preguntas o bien ya fueron respondidas o ya no son relevantes. Y mejor no sigo con este tema, porque entonces habría que hablar de la proliferación de varias “biblias” diferentes: del hombre, de la mujer, del joven, del viejo, del que cree, del que no… o –más complejo aun-- de las múltiples versiones y traducciones, todas compitiendo unas con otras y dejando en el aire la idea de que la Biblia no es una sola sino muchas, dependiendo de los intereses que se quieran fomentar.
Otra forma en que hemos convertido los otrora inamovibles de Dios en fétido pantano de arenas movedizas, ha sido el abandono de la Palabra de Dios por las dudosas revelaciones de gurús de diverso pelambre, todos con línea directa al Todopoderoso y con la creencia de que pueden andar por ahí adivinándole el futuro a la gente, o lo que es peor, arrogándose el derecho a dirigir o gobernar la vida de las personas, supuestamente en nombre de Dios. ¿Quién nos asegura que lo que alguien “siente en su corazón” viene de Dios? ¿Cómo sabemos que la orden de cambiar de trabajo --¡o de pareja!-- que sale de la boca del supuesto profeta viene de Dios? ¿Cómo nos defendemos de aquellos que, mezclados entre los verdaderos pastores, no son sino lobos con piel de oveja que nos quieren tragar con zapatos y todo? La verdad es que nuestra única protección posible es congregarnos alrededor de la Escritura para partir de ahí y afirmarnos en ella. Claro que habrá ocasiones en las que no nos pondremos completamente de acuerdo porque se interpondrán asuntos de interpretación, pero una cosa es no estar de acuerdo con otro hermano por la interpretación o aplicación que hace de un texto bíblico y otra cosa muy diferente es la de dejar completamente de lado la Biblia para favorecer a otros medios de revelación supuestamente sobrenatural.
Por último, una tercera y muy perversa forma en que hemos minado los inamovibles en los que nos podríamos afirmar ha sido nuestra actitud de “picar” en la Biblia en vez de tomarla como un todo... y digo que es “perversa” porque aquí reconocemos la Biblia como palabra de Dios sin poner en duda su validez y la usamos sin cambiarla por otra cosa, lo cual suena muy piadoso... pero el problema está en que la usamos mal. Tomamos de ella lo que nos gusta, lo que suena bien, lo que creemos que nos conviene (aunque en realidad todo en ella nos conviene) y dejamos de lado lo que no entendemos, lo que nos atemoriza, lo que no cabe dentro de nuestra idea de justicia (¡o de belleza!) y en consecuencia, terminamos con una colección de versículos, aforismos e ideas que una vez unidas no dan nada coherente. Las Escrituras, tomadas en su conjunto, desde Génesis hasta Apocalipsis (no necesariamente guardando el orden, pero sí su integridad) nos muestran una cosmovisión bíblica que incluye una antropología bíblica, una teología bíblica, que nos proveen un entendimiento de nosotros, del mundo, de la historia, del futuro, del dolor… de la totalidad del ser y de su relación con el Otro y con los otros, que una colección acomodada de versículos jamás nos podrá dar. Además, sin el todo perdemos la facultad de aplicar el principio que dice que la Escritura interpreta la Escritura, seremos incapaces de cotejar un texto con otro, de conocer y asimilar (y aceptar) las tensiones insolubles que existen al interior de ella… es decir, leer la Biblia fragmentadamente, sin tener en cuenta el todo, no solo es muy poco beneficioso, sino que es hasta peligroso ya que así es muy fácil hacerla decir lo que no dice y hacerle callar lo que no queremos oír.
Así pues, en estos tiempos de …bueno, de crisis, lo mejor que tenemos para ofrecer al que sufre, al que teme, al que enfrenta una pérdida, al que está angustiado, es la visión que nos presentan las Escrituras de un Dios poderoso y misericordioso que señala nuestro pecado y lo condena, pero entrega a su Hijo para que podamos tomar el camino del arrepentimiento y ser salvos de esa condenación a la que nuestro pecado nos llevaría irremediablemente si no fuera porque Dios mismo pagó el precio de nuestra redención.
Ese es nuestro mensaje; eso es lo que anunciamos... nada más, pero tampoco nada menos. No tenemos soluciones para la crisis generada por la avaricia monumental del hombre, ni para la crisis ambiental generada por nuestro degenerado consumo de recursos naturales. Lo que sí tenemos y compartimos es un mensaje de esperanza, de que las cosas no siempre serán así y un llamado a buscar en la Biblia al único que puede hacer que esa esperanza se convierta en realidad.

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