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jueves, 17 de septiembre de 2009

10 Razones para creer en un Dos que permite el sufrimiento

El sufrimiento viene con la libertad de escoger


Los padres amorosos anhelan proteger a sus hijos del dolor innecesario. Pero los padres sabios conocen el peligro de la sobreprotección. Saben que la libertad de escoger está en el centro de lo que significa ser humano, y que un mundo sin opciones sería peor que un mundo sin dolor. Peor aún sería un mundo poblado por personas que pudieran elegir mal sin sufrir por ello. Nadie es más peligroso que el mentiroso, el ladrón o el asesino que no siente el daño que se hace a sí mismo y a los demás (Génesis 2:15-17).


El dolor nos advierte del peligro


Odiamos el dolor, especialmente cuando aflige a aquellos que amamos. Sin embargo, sin él, los enfermos no irían al médico, los cuerpos cansados no descansarían, los criminales no temerían a la ley, y los niños se reirían de la corrección. Sin la acusación de la conciencia, la insatisfacción diaria del aburrimiento o el anhelo vacío de significación, los seres humanos, que fueron creados para encontrar satisfacción en un Padre eterno, se conformarían con mucho menos. El ejemplo de Salomón, atraído por el placer y enseñado por su dolor, nos muestra que hasta los más sabios entre nosotros tendemos a alejarnos del bien y de Dios hasta que nos detenemos frente al dolor que causan nuestras malas decisiones (Eclesiastés 1-12; Salmo 78:34,35; Romanos 3:10-18).


El sufrimiento revela lo que hay en nuestros corazones


El sufrimiento muchas veces ocurre como consecuencia de las acciones de otros. Pero tiene la habilidad de revelar lo que está en nuestros propios corazones. Nuestra capacidad de sentir amor, misericordia, ira, envidia y orgullo puede dormir hasta verse despertada por las circunstancias. La fortaleza y la debilidad de corazón se encuentran, no cuando todo va como queremos, sino cuando las llamas del sufrimiento y la tentación prueban nuestro carácter. Así como el oro y la plata se refinan por el fuego, y como el carbón necesita tiempo y presión para convertirse en diamante, el corazón humano se revela y se desarrolla al soportar la presión y el calor del tiempo y las circunstancias. La fortaleza de carácter se muestra, no cuando todo está en orden en nuestro mundo, sino en la presencia del dolor y el sufrimiento humanos (Job 42:1-17; Romanos 5:3-5; Santiago 1:2-5; 1 Pedro 1:6-8).

El sufrimiento nos lleva al borde de la eternidad


Si la muerte es el fin de todo, entonces una vida llena de sufrimiento no es justa. Pero si el fin de esta vida nos lleva al umbral de la eternidad, entonces las personas más afortunadas del universo son aquellas que descubren, a través del sufrimiento, que esta vida no es todo por lo que tenemos que vivir. Aquellos que se encuentran a sí mismos y a su Dios eterno a través del sufrimiento no han malgastado su dolor. Han dejado que su pobreza, sufrimiento y hambre los lleven al Señor de la eternidad. Son los que descubrirán para su propio gozo eterno por qué Jesús dijo: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5:1-12; Romanos 8:18,19).

El dolor nos hace aferrarnos menos a esta vida


Con el tiempo, nuestro trabajo y opiniones son menos solicitados. Nuestros cuerpos se desgastan. Gradualmente sucumben a la obsolescencia inevitable. Las articulaciones se endurecen y duelen. Los ojos se oscurecen. La digestión se vuelve más lenta. Dormir se hace más difícil. Los problemas se vuelven cada vez mayores mientras las opciones son cada vez menos. Sin embargo, si la muerte no es el fin sino el inicio de un nuevo día, la maldición de la vejez también es una bendición. Cada dolor nuevo hace a este mundo menos interesante y la vida por venir más atractiva. En su propia forma, el dolor prepara el camino para una partida más honrosa (Eclesiastés 12:1-14).


El sufrimiento nos hace confiar en Dios


La persona sufrida más famosa de todos los tiempos fue un hombre llamado Job. Según la Biblia, Job perdió su familia por la guerra, su riqueza por el viento y el fuego, y su salud por causa de unas dolorosas llagas. A través de todo ello, Dios nunca dijo a Job por qué le sucedía todo eso. Mientras Job soportaba las acusaciones de sus amigos, el cielo permanecía silente. Cuando Dios habló finalmente, no reveló que Satanás, su archienemigo, había cuestionado la motivación de Job para servir a Dios. El Señor tampoco pidió perdón por permitir que Satanás probara la devoción de Job a Él. En vez de ello, Dios habló de las cabras monteses dando a luz, leones pequeños de caza y cuervos en sus nidos. Citó el comportamiento del avestruz, la fuerza del buey y el paso del caballo. Habló de las maravillas de los cielos y del mar y del ciclo de las estaciones. Job sólo pudo concluir que si Dios tenía poder y sabiduría para crear este universo físico, había que confiar en Él también en el tiempo del dolor (Job 1-42).


Dios sufre con nosotros en nuestro sufrimiento


Nadie ha sufrido más que nuestro Padre celestial. Nadie ha pagado un mayor precio por permitir el pecado en el mundo. Nadie se ha contristado más continuamente por el dolor de una raza descarriada. Nadie ha sufrido como Aquel que pagó por nuestro pecado en el cuerpo crucificado de su propio Hijo. Nadie ha sufrido más que Aquel que, cuando abrió los brazos y murió, nos mostró cuánto nos amaba. Es este el Dios que, al acercarnos a Él, nos pide que confiemos en Él cuando sufrimos y cuando las personas que amamos claman en nuestra presencia (1 Pedro 2:21; 3:18; 4:1).


El consuelo de Dios es mayor que el sufrimiento


El apóstol Pablo rogó al Señor que le quitara una fuente no identificada de sufrimiento. Pero el Señor se negó a hacerlo diciendo: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto -dice Pablo- de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.» (2 Corintios 12:9,10). Pablo aprendió que era mejor estar con Cristo en su sufrimiento que sin Cristo con buena salud y en circunstancias agradables.


En las crisis nos encontramos mutuamente


Nadie escogería el dolor y el sufrimiento. Pero cuando no hay opción, hay una fuente de consolación. Los desastres naturales y los tiempos de crisis nos unen. Los huracanes, los fuegos, los terremotos, las revueltas, las enfermedades y los accidentes tienen el poder de volvernos en sí. De repente recordamos que nosotros mismos somos mortales y que las personas son más importantes que las cosas. Recordamos que sí nos necesitamos los unos a los otros y que, sobre todo, necesitamos a Dios.
Cada vez que descubrimos la consolación de Dios en nuestro propio sufrimiento, nuestra capacidad de ayudar a otros aumenta. Esto es lo que el apóstol Pablo tenía en mente al escribir: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios» (2 Corintios 1:3,4).

Dios puede usar el sufrimiento para nuestro bien


Esta verdad se muestra mejor en los muchos ejemplos de la Biblia. A través de los sufrimientos de Job vemos a un hombre que, no sólo logró una compresión más profunda de Dios, sino que también se convirtió en fuente de aliento para los hombres de todas las generaciones que le siguieron. Por el desprecio, traición, esclavitud y encarcelamiento injusto de un hombre llamado José, vemos a alguien que con el tiempo pudo decir a los que le hicieron daño: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo» (Génesis 50:20).
Cuando todo nuestro ser grita a los cielos por permitir el sufrimiento, tenemos razones para mirar hacia el resultado eterno y el gozo de Jesús quien, en su propio sufrimiento en la cruz del ejecutor, gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46).

No estás solo...


No estás solo si la injusticia y el sufrimiento de esta vida te llevan a dudar que haya un Dios en el cielo a quien le importas. Pero considera nuevamente el sufrimiento de Aquel de quien el profeta Isaías dijo: «Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos» (Isaías 53:3). Piensa en su espalda azotada, su frente sangrante, sus manos y pies clavados, su costado traspasado, su agonía en el huerto y su grito patético de abandono. Considera las afirmaciones de Cristo, quien decía sufrir, no por sus propios pecados, sino por los nuestros. Para darnos la libertad de escoger, Él nos permite sufrir. Pero Él mismo pagó la pena y el dolor final de todos nuestros pecados (2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:24).
Cuando veas la razón por la que sufrió, ten en cuenta que la Biblia dice que Cristo murió para pagar el precio de nuestros pecados, y que aquellos que creen en su corazón que Dios lo ha levantado de entre los muertos serán salvos (Romanos 10:9,10). El perdón y la vida eterna que Cristo ofrece no son una recompensa al esfuerzo nuestro, sino un regalo a todos aquellos que, a la luz de la evidencia, colocan su confianza en Él.











martes, 15 de septiembre de 2009

10 Razones para creer en la existencia de Dios

Lo inevitable de la fe


Todos creemos en algo. Nadie puede sobrellevar la presión y los problemas de la vida sin tener fe en algo que al final es imposible de comprobar. Los ateos no pueden probar que no hay Dios. Los panteístas no pueden probar que todo es Dios. Los pragmáticos no pueden probar que todo lo que contará para ellos en el futuro es lo que funciona ahora. Tampoco pueden los agnósticos probar que es mposible saber si es o no es así. La fe es inevitable, aunque decidamos sólo creer en nosotros mismos. Lo que ha de decidirse es cuál es la evidencia que consideramos pertinente, cómo vamos a interpretarla, y a quién o en quién estamos dispuestos a creer (Lucas 16:16).

Las limitaciones de la ciencia


El método científico se limita a un proceso definido por lo que se puede medir y repetir. Por definición no puede aplicarse a los asuntos trascendentales del origen, el significado o la moralidad. Para obtener ese tipo de respuestas, la ciencia depende de los valores y las creencias personales de aquellos que la aplican. Por tanto, la ciencia tiene mucho potencial, tanto para bien como para mal. Se puede utilizar para hacer vacunas o veneno, plantas de energía nuclear o armas nucleares. Puede utilizarse para limpiar el medio ambiente o para contaminarlo. Puede utilizarse para argüir a favor o en contra de Dios. La ciencia por sí sola no ofrece guía moral ni valores para regular nuestras vidas. Todo lo que la ciencia puede hacer es mostrarnos cómo funciona la ley natural, sin decirnos nada acerca de sus orígenes.

Los problemas de la evolución


Algunos han asumido que la explicación evolutiva de la vida hace innecesario a Dios. Este punto de vista pasa por alto algunos problemas. Aun si asumimos que algún día los científicos encontrarán suficientes «eslabones perdidos» como para confirmar que la vida apareció y se desarrolló gradualmente durante largos períodos de tiempo, las leyes de la probabilidad aun así mostrarían la necesidad de un Creador. Como resultado de ello, muchos científicos que creen en la evolución también creen que el universo en toda su inmensidad y complejidad no «sucedió sencillamente». Muchos se sienten obligados a reconocer la posibilidad o aun la probabilidad de la existencia de un diseñador inteligente que proveyó los ingredientes de la vida y puso en movimiento las leyes por medio de las cuales se desarrolló la misma.


Los hábitos del corazón


El hombre se ha descrito como un ser religioso incurable. En momentos desprevenidos de problemas o sorpresas, en oración o en profanación, se utilizan persistentemente las referencias a la Deidad. Aquellos que consideran ese tipo de pensamiento como sencillos malos hábitos o vicios sociales se quedan con preguntas imposibles de responder. Negar la existencia de Dios no elimina el misterio de la vida. Tratar de excluir a Dios del lenguaje de la vida civil no elimina el anhelo constante de algo más de lo que esta vida puede ofrecer (Eclesiastés 3:11). Hay algo en la verdad, la belleza y el amor que causa dolor en nuestro corazón. Aún en nuestra ira contra un Dios que permite la injusticia y el dolor, partimos de una conciencia moral para argumentar que la vida no es como debiera ser (Romanos 2:14,15). Aun sin querer, nos sentimos atraídos hacia algo que es mayor y no menor que nosotros.


Los antecedentes del Génesis


En una primera lectura, las palabras introductorias de la Biblia parecen asumir la existencia de Dios. Sin embargo, el Génesis se escribió en un momento específico de la historia. Moisés escribió: «En el principio creó Dios», luego del éxodo de Israel desde Egipto. Escribió luego de que sucedieran eventos milagrosos que fueron atestiguados por millones de judíos y egipcios. Desde el éxodo hasta la venida del Mesías, el Dios de la Biblia fundamenta su causa en eventos atestiguados en momentos y lugares reales. Cualquiera que dude de estas afirmaciones puede visitar lugares y pueblos reales para verificar la evidencia por sí mismo.



La nación de Israel


Israel se utiliza a menudo como un argumento contra Dios. Muchos encuentran difícil creer en un Dios que tendría parcialidad hacia un «pueblo escogido». Otros encuentran aún más difícil creer en un Dios que no protegería a su «nación escogida» de las cámaras de gas, los vagones cerrados y los hornos de Auschwitz y Dachau. Sin embargo, el futuro de Israel fue predicho desde el principio de la historia del Antiguo Testamento. Junto con otros profetas, Moisés predijo, no sólo que Israel poseería la tierra, sino también que sufriría incomparablemente y sería dispersado por toda a tierra, que se arrepentiría a la larga, y que finalmente sería restaurado en los últimos tiempos (Deuteronomio 28-34; Isaías 2:1-5; Ezequiel 37-38).


Las afirmaciones de Cristo


Muchos que dudan de la existencia de Dios se tranquilizan a sí mismos con el pensamiento de que «si Dios quisiera que creyéramos en Él se nos aparecería en persona». Según la Biblia, eso es exactamente lo que Dios ha hecho. Al escribir en el siglo VII a.C., el profeta Isaías dijo que Dios daría una señal a su pueblo. Una virgen daría a luz un hijo que sería llamado «Dios con nosotros» (Isaías 7:14; Mateo 1:23). Isaías dijo que este Hijo sería llamado «Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Isaías 9:6). El profeta también dijo que ese niño moriría por el pecado de su pueblo antes de que su vida fuera prolongada y honrada por Dios (Isaías 53). Según el Nuevo Testamento, Jesús dijo que era ese Mesías. Bajo la supervisión de un gobernador romano llamado Poncio Pilato, fue crucificado porque decía ser el rey de Israel y porque se había presentado a Sí mismo como igual a Dios (Juan 5:18).


La evidencia de los milagros


Los informes de los primeros seguidores de Jesús concuerdan en que hizo más que asegurar ser el tan esperado Mesías. Estos testigos dijeron que se ganó su confianza al curar paralíticos, caminar sobre el agua y luego voluntariamente morir una muerte dolorosa e inmerecida antes de levantarse de entre los muertos (1 Corintios 15:1-8). La afirmación más convincente es que muchos testigos vieron a Jesús y hablaron con Él luego de que su tumba se encontrara vacía, y antes de verlo ascender en forma visible a las nubes. Estos testigos no tenían absolutamente nada que ganar al hacer esas afirmaciones. No tenían esperanzas de obtener poder ni riquezas materiales. Muchos se convirtieron en mártires, afirmando hasta el final que el tan esperado Mesías de Israel había vivido entre ellos, que se había convertido en sacrificio por el pecado, y se había levantado de los muertos para asegurarles que podía llevarlos a Dios.


Los detalles de la naturaleza


Algunos que creen en Dios no toman en serio su existencia. Razonan que un Dios lo suficientemente grandioso como para crear el universo sería demasiado grande para preocuparse por nosotros. Sin embargo, Jesús confirmó lo que sugieren el diseño y los detalles del mundo natural. Mostró que Dios es suficientemente grandioso como para preocuparse por los detalles más pequeños de nuestras vidas. Habló de un Dios que no sólo conoce cada una de nuestras acciones, sino también nuestras motivaciones y los pensamientos de nuestro corazón. Jesús enseñó que Dios sabe cuántos cabellos tenemos en la cabeza, lo que nos preocupa y hasta la condición de un pajarillo que cae a tierra (Salmo 139; Mateo 6).


La voz de la experiencia


La Biblia dice que Dios diseña las circunstancias de nuestra vida de forma tal que nos lleven a buscarlo a Él (Hechos 17:26). Para aquellos que lo buscan, las Escrituras también dicen que Él está suficientemente cerca como para que podamos encontrarlo (versículo 27). Según el apóstol Pablo, Dios es un Espíritu en el cual «vivimos, y nos movemos, y somos» (versículo 28). Sin embargo, la Biblia dice también muy claramente que debemos acercarnos a Dios en Sus términos y no en los nuestros. Él promete que lo encontrarán, no todas las personas, sino aquellos que admiten su propia necesidad y están dispuestos a confiar en Él y no en sí mismos



No estás solo...


No estás solo si estás abierto a la existencia de Dios pero no estás seguro de poder aceptar la afirmación de Cristo de ser «Dios encarnado». El Maestro de Nazaret prometió ayudar a aquellos que se preocupan por hacer la voluntad de Dios. Dijo: «El que quiere hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Juan 7:17).
Si ves la evidencia de un Dios que se reveló a Sí mismo a través de Su Hijo, ten en cuenta que la Biblia dice que Cristo murió para pagar el precio de nuestros pecados, y que todos los que creen en Él reciben el regalo del perdón y la vida eterna. La salvación que Cristo ofrece no es una recompensa por nuestro esfuerzo, sino un regalo a todos los que a la luz de la evidencia ponen su confianza en Él (Juan 5:24; Romanos 4:5; Efesios 2:8-10).