miércoles, 19 de agosto de 2009

Sanando las heridas del pasado

"No os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá, porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros" (Génesis 45:5)

Hay familias que cargan con heridas del pasado: viejos pleitos, juicios condenatorios, mentiras, infidelidades, abandonos, patrones familiares distorsionados. Somos un eslabón de la cadena de generaciones pasadas y muchas veces, cargamos con "las deudas" de nuestros ancestros.

En la familia de Jacob, se había encriptado la desaparición de uno de sus hijos, José. Por años toda la familia vivió encubriendo una mentira, bajo el resentimiento y la desesperanza, hasta que llegó la hora de la verdad y todo salió a la luz. Vale más saber una verdad, aun cuando sea difícil, vergonzosa o trágica, que ocultarla, porque aquello que se calla, se convierte en una herida más grave a largo plazo o es adivinado por otros.

Los resentimientos familiares que quedan guardados por años van trabajando por dentro, van minando toda la persona, emocional y físicamente, hasta terminar con una úlcera, un cáncer y la muerte.

El reencuentro con el "hijo desaparecido" está teñido de dramatismo; en esa escena se está jugando el futuro de una familia. Por fin José, el hermano herido, recurre al más excelente de los remedios para sanar las relaciones familiares dañadas: el perdón.

El perdón entre hermanos, de padres a hijos o entre cónyuges tiene la capacidad de desatar las coyundas que nos paralizan y el poder de derribar los muros que nos separan. Si no hay perdón no sólo seguirán creciendo las raíces de amarguras sino que seguiremos repitiendo, lo sepamos o no, acontecimientos dolorosos de nuestros antepasados.

Oración: Señor, danos el coraje de romper nuestros patrones familiares nocivos y así como José perdonó a sus hermanos y demostró gran cuidado por ellos, danos la fuerza y la sabiduría para perdonar y cuidar al que nos ha herido.


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